el “vino” o la sangre de Cristo. Cuando desperté, aún sentía esa sensación en mi garganta hasta que desapareció con el chocolate caliente que me tomé antes de ponerme en marcha bajo el frío aire de la mañana.
La montaña aún permanecía envuelta en la bruma pero esperaba que se fuera aclarando a medida que iniciaba mi subida hacia la cumbre y la Cruz. Anduve con cuidado entre los helechos en un paisaje de páramos hasta salir después a una carretera que me llevaría hasta Foncebadón. La neblina se había vuelto más espesa y la humedad me envolvió en una fina llovizna que lo humedeció todo en un segundo. Me detuve para ponerme mi poncho con la ayuda de Ingrid, una peregrina de Sudáfrica que ahora vive en Londres. Nos hicimos compañía durante un rato pero las condiciones climáticas eran cada vez peores y ella buscó refugio en Foncebadón. Yo decidí continuar e incluso tuve la tentación de coger un taxi que salía desde el refugio. La bruma se había convertido ahora en niebla y la llovizna en granizo. Mi poncho no servía de nada contra el viento y empezaba a romperse. A medida que avanzaba por la carretera el tiempo cada vez estaba peor y no podía ver nada. Empecé a sentir un poco de miedo pues no se podían ver ni oír a los otros peregrinos a pesar de que sabía que no podían encontrarse lejos. Me arrepentí de llevar sólo pantalones cortos y sentía mis piernas frías pero no quise detenerme para quitarme el poncho pues después me sería imposible ponérmelo, así que seguí adelante. La carretera parecía interminable. Probablemente sólo había caminado 30 minutos hasta que la Cruz apareció entre la niebla y pude ver a muchos peregrinos con sus brillantes ponchos a los pies de la Cruz y a otros buscando cobijo en una ermita próxima.
La tradición dice que hay que aproximarse a la Cruz y arrojar una piedra, que se debe haber llevado durante el trayecto, encima del hombro a un montículo de otras piedras. El montículo tiene ya una altura considerable y la Cruz se eleva como un mástil desde el centro. Hacía tan mal tiempo que la mayoría de los peregrinos realizaban el acto rápidamente, algunos tiraban sus piedras de mala gana antes de apresurarse a seguir su camino. No quería perderme así que intenté seguir el rastro de los otros pero pronto nos separamos y el repique de una lejana campana fue mi única